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¿PORQUÉ EL ABORTO ES UN PECADO?


En la sociedad actual, la última voz que se quiere escuchar respecto al aborto, es la voz de la iglesia, porque la iglesia contiene el mensaje que no quieren escuchar; por conveniencia es mejor denigrarlo, remplazarlo o ignorarlo, antes, que reconocer la verdad Bíblica que esta defiende respecto al aborto.



Tratamos este tema porque estamos convencidos que la iglesia es «columna y baluarte de la verdad» (1 Ti 3:15–16) y la Pablara de Dios que predicamos, es su máxima Autoridad, es suficiente para todo lo concerniente a la «a la vida y a la piedad» (2 Pe. 1:3), por ende, la citamos respecto a este tema; también creemos que es únicamente delante de Dios, delante de quien «todas las cosas están desnudas y abiertas» y «a quien tenemos que dar cuenta» (He 4:13), a quien daremos cuenta en «el día del juicio», así pues, mejor es cuchar el decreto de Aquel que ha de juzgar nuestros caminos.

Para los movimientos feministas, la iglesia se opone al aborto, porque ignora mucha verdad acerca del asunto y – según estos – hay intereses jerárquicos y de dominación patriarcal o machistas, tachando la iglesia como misógina y descontextualizada de la realidad. Ellas demandan el lugar correspondiente a sus libertades individuales “inalienables”, para hacer lo que ellas consideran correcto, en palabras simples su argumento se puede resumir en: «Este cuerpo es mío y yo puedo decidir lo mejor para mí», creemos que esta frase contiene algo de verdad, sin embargo, en su mayor parte no lo es porque toma decisiones sin considerar la integridad del ser nonato. Nuestro interés es exponer la postura Bíblica acerca del aborto y contrarrestar «con la Palabra de Dios» la única verdad concerniente al tema.


Comenzaremos diciendo que el aborto es pecado, porque es una violación al orden creado, en el cual, Dios como Creador es el dador de la vida y es el único que puede quitarla (Dt. 32:39; 1 Sam. 2:6; 2 Re. 5:7; Os 6:1-2;), no es algo que deba debatirse si le corresponde, o debe atribuírsele, al hombre – úsese el término hombre indistinto para varón y mujer. El aborto supone acabar con una vida humana – esto puede demostrarse desde el campo Biológico y la doctrina Bíblica – y por lo tanto tiene serias consecuencias morales y sociales.


En el campo de lo biológico se ha debatido mucho, se han sumado al debate muchos campos de las ciencias: psicológicos, psiquiátricos, neurológicos, endocrinológicos, genéticos, etc. Estas, en su mayor parte han llegado a conclusiones que apoyan a una postura conservadora de la protección a la vida desde la concepción, sin embargo, se han visto manipuladas por intereses políticos y hegemónicos. Este no es el fin principal del artículo, por lo cual nos centraremos en el testimonio de la Palabra.


En el Antiguo Testamento, uno de los juicios contra la mujer o contra la nación era la esterilidad de la mujer, muchos son los pasajes que exponen esta realidad, desde Saraí, esposa de Abraham (Gn. 11:30) hasta Elizabet, esposa de Zacarías (Lc. 1:7). Vemos por ejemplo a Raquel y Lea debatiéndose entre quién daba descendencia a Jacob (Gé. 29:31-30:24), y esto no debe ser visto como cliché cultural de “usar a la mujer como un instrumento para fecundar y criar hijos”, sino que, debe verse como parte sustancial del plan de Dios para la humanidad. Cuando Dios creó todo y en el sexto día al hombre, a éste le dio un mandato, al que muchos teólogos llaman el mandato cultural, en Génesis 1:28 y dice: «Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra.» (Gn 1:28), es evidente en este mandato el llamado de la raza humana a reproducirse, así pues, cualquier esterilidad es consecuencia de la caída más que por el diseño original de Dios en la creación, esto infiere en que una cultura que demanda el aborto es una cultura caída. Citamos esto para resaltar la prioridad de cumplir con la reproducción – un matrimonio puede engendrar y cuidar al menos dos hijos, y con esto cumplir el mandato de reproducirse.


Ahora, veamos en más detalle por qué el aborto es pecado. La Biblia enseña que el hombre desde el vientre de su madre es valorado con propósito, por ejemplo, Dios dijo a Jeremías: «Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses te tenía consagrado» (Jer. 1:5), David dijo: «En ti he sido sustentado desde el vientre» (Sal. 71:6); Isaías (Is. 49:1,5) y Pablo (Gá. 1:15) también dieron relatos similares. Siendo evidente que donde hay un propósito para alguien desde el vientre, es porque hay una persona; donde hay un esfuerzo por sustentar, es porque hay alguien por quién hacerlo, así pues, el vientre de una mujer no está, ni vacío, ni con despropósito de la criatura que a la cual contiene, para los cual, podemos decir que quitar la vida es altercar con Dios y resistir a la voluntad de Dios desde la concepción de la criatura.

Ahora, algunos pueden alegar que el hombre siendo un ser pecador desde el vientre de su madre (51:5) o por naturaleza (Ro. 3:23), debe morir bajo la condenación de Dios como juicio por el pecado (cf. Gé. 2:17), lo cual deja sin castigo al homicida. Algo que debemos entender en esto: «La imagen de Dios se deterioró, pero no se perdió»[1]


Después de esa declaración teológica, el argumento más importante para defender la vida del nonato se centra en Cristo. La Biblia nos muestra que Cristo como Dios-hombre «es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación» (Col. 1:15), «la imagen misma de su sustancia» (He. 1:3), una creación y una sustancia que incluye al hombre hecho a «imagen, conforme a nuestra semejanza [del Dios Trino]» (Gn. 1:26), y bajo la promesa de que, a los «que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo» (Ro. 8:29). Le está prohibido al hombre dar muerte a su semejante – aún desde el vientre-, porque «a imagen de Dios es hecho el hombre» (Gn. 9:6), y todo pecado de muerte contra el hombre es, en última instancia, pecado de muerte contra Dios, mejor dicho, contra la imagen de Dios que ha sido puesta en el hombre (Sal. 51:4; Stg. 3:9), así pues, todo aborto es pecado.

La vida humana, el aliento vital otorgado por Dios al hombre le pertenece enteramente y nadie debe arrebatarla; ninguna cualidad de una persona, ni la falta de ella invalida el mandamiento, dando licencia a otro para exterminarla. Pero aún con todo este conocimiento algunos, aun, en los círculos cristianos, apelan por un tipo de aborto terapéutico y nos surge la siguiente pregunta: ¿Es pecado el aborto terapéutico? Para considerar esta pregunta, somos conscientes de que está acompañada de algunas preguntas fundamentales de la vida, por ejemplo: ¿qué significa la vida humana?, ¿cuál es nuestra responsabilidad ante la vida en riesgo?, ¿dónde termina mi libertad y empieza la de otros?, etc., y, por otro lado surgen preguntas escurridizas que dividen las opiniones, por ejemplo, ¿debe morir una mujer que padece una grave enfermedad, que queda embarazada y que sanaría con una operación en la que se perdería el feto?, ¿Debe dejar huérfanos a sus otros hijos?, ¿debe darse vida a un feto que tiene una enfermedad incurable con la que tendrá que sobrevivir dolorosamente toda su vida? ¿Debe venir a la vida para sufrir y para hacer sufrir a quienes lo cuiden?, ¿debe vivir quien fue fruto de violencia y de violación y es rechazado desde el vientre de su madre?


Vamos a tratar de responder los más cuidadoso posible a esta pregunta bajo la siguiente afirmación teológica y filosófica: tomamos decisiones de acuerdo a nuestros deseos más profundos, y por naturaleza nuestros deseos – en esencia – están inclinados al pecado, inclinado a la muerte misma, que de ser posible en nuestra naturaleza caída quisiéramos dar muerte a Dios mismo – y si pudiéramos lo haríamos. No damos la vida, o pagamos el precio por alguien, porque amamos más la nuestra.


La persona se caracteriza porque vive. El fundamento ético, pero también sustancial, de este derecho radica en que la vida es presupuesto de la existencia, condición absoluta del existir, pensar y ser humanos: No se puede ser humano muerto. Pero la existencia corporal no es sólo medio para ser, sino fin en sí mismo, de modo que el cuerpo tiene incorporada la dignidad misma de la persona, así que merece un trato respetuoso. No somos sin nuestro cuerpo, aunque no somos solo nuestro cuerpo.


Apreciados lectores, debemos reconocer que el hombre tiene un valor intrínseco, no por lo que pueda llegar a ser, sino porque fue creado a imagen de Dios (Génesis 1: 27), y es esa imagen la que le distingue del resto de los seres vivos, y le da un valor especial, de manera que no son las circunstancias cambiantes las que determinan en cada momento cuando una vida es digna y cuando no lo es, cuando debemos preservarla y cuando, de un modo activo, exterminarla. Y todo ello sin perjuicio de considerar al ser humano una naturaleza caída como consecuencia del pecado, y por tanto insuficiente por sí mismo para salvarse y alcanzar la perfección. Toda vida apunta a la gloria de Dios, pero nosotros la resistimos. Quisiéramos dar muerte a Dios mismo, así de horrendo es nuestro pecado.


[1] John F. MacArthur y M. Richard, Teología Sistemática: un estudio profundo de la doctrina Bíblica (Grand Rapid, MI: Portavoz, 2018), 424.

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